El regalo perfecto

Mi padre era un hombre de negocios, algunos de ellos eran de importación/exportación, lo que le obligaba a viajar con bastante asiduidad. Hace 40 años no había internet, ni móviles, ni compañías de bajo coste, por lo que las ausencias cuando viajaba fuera de España eran bastante largas. Si se iba a China/Japón no le veíamos en un mes y para saber de él había que llamar a la habitación del hotel, a horas rarísimas por el cambio de horario.

Mi madre estaba enferma y casi siempre en la cama por lo que puede decirse que mis hermanas y yo nos criamos solas, con mis abuelos y la chica interna que nos cuidaba y llevaba al colegio. Aun así nunca nos faltó de nada y mi padre cubría sus ausencias con una maleta llena de regalos de cada lugar del mundo que visitaba.

He tenido cosas chinas desde mucho antes que llegaran aquí. Relojes tan originales que el relojero se negaba a arreglar porque decía que eran de juguete, miniconsolas de bolsillo cuando en España no se vendían, muñecas karaoke… Y hablo de hace 35 años.

El caso es que para mi era algo normal asociar a mi padre de vuelta con un regalo fantástico, no conocía otra cosa. Hasta que un día todo cambió y aprendí algo que llevo conmigo desde entonces…

Mi padre llegó de un viaje largo. No recuerdo si de América, Europa o Asia, es lo de menos. Entró por la puerta de casa cargado de maletas y fui corriendo a recibirle. Lo primero que le dije fue ‘¿que me has traído?’

Nunca olvidaré la cara de tristeza y decepción de mi padre diciendo ‘¿es lo único que queréis de mi? Mis regalos? A partir de ahora ya no os traeré más’

Yo tendría unos 6 o 7 años, pero esas palabras se me grabaron a fuego, y es que ese hombre tenía toda la razón del mundo para sentirse de esa manera. Me sentí la niña más horrible que había pisado la faz de la tierra por haberle dicho eso. Era mi padre, venía cansado, con ganas de vernos… y su hija mediana solamente le preguntaba por sus regalos… ¿Había un ser peor que yo?

Aun ahora que han pasado tantos años, al recordar su expresión, un resquicio de culpabilidad me recorre el cuerpo.

Ya no hubo más regalos de sus viajes, si acaso algún detalle, pero nada que hiciera que prefiriéramos el regalo a su presencia. Mi padre fue inteligente enseñándome a valorar a las personas por lo que son y no por lo que puedan ofrecerme.

Aprendí que el dinero va y viene, que sólo quedan las personas.

Y es que no hay regalo ni dinero en el mundo que pueda sustituir la presencia de un ser querido.

Mi presencia ni se compra ni se vende, la regalo porque quiero a quien quiero… a cambio de nada.

¿Acaso existe mejor regalo?

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